El Gran Cañón impone. Las paredes, el río, el silencio… y luego están los americanos hablando.
Primera o segunda noche. Cena alrededor del hornillo. Yo medio reventado, medio feliz, cuando empiezo a oírles repetir una palabra que me hace levantar la ceja más rápido que un rápido clase V:
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Semen, semen… Semen River… The semen is good
Y yo pensando:
“Perdón… ¿Pero esta gente por qué habla tanto de semen mientras comemos?”
Intento mantener la compostura. Cultural exchange, me digo. Son americanos; igual tienen una relación más abierta con… sus fluidos. Pero claro, cada vez va a peor.
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The Semen is amazing
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I’ve done the Semen twice
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You should really try the Semen
Y yo ya no sé si estoy en una expedición de rafting o en una terapia grupal muy mal explicada.
Ahí mi cerebro directamente se descarrila. Durante días he ido acumulando pensamientos sucios, miradas de reojo y un silencio interior muy poco zen. El río ruge, las águilas vuelan… y mi mente está atrapada en un bucle absurdo entre biología humana y gastronomía dudosa.
Llega una de las cenas de los primeros días. Abren la nevera y alguien anuncia orgulloso:
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Tonight we’re cooking semen.
Al final, al ver la cena, ¡lo pillo!: la pronunciación cerrada americana de Salmón suena como "semen"
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SAL-MON.
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Un río.
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Un pez.
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No semen!
Todo encaja. De golpe. Y se lo explico a todo el grupo alrededor del fuego y me doy cuenta de que soy el único con la mente "tan sucia". Y ahí entendí dos cosas:
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El inglés puede ser muy traicionero cuando vienes de una mente latina cansada.
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Nunca subestimes lo sucio que se te puede poner el cerebro cuando llevas varios días durmiendo en arena, remando fuerte y escuchando americanos felices hablar de “lo mucho que les gusta el Salmon”.
Desde entonces, cada vez que oigo esa palabra… sonrío.
Y me acuerdo del Gran Cañón, del río Colorado…